JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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En Châtillon compró el desconocido pan y leche, que partió gustoso con su compañero; y enseguida emprendieron el camino de París, para que Gilberto pudiese entrar de día en la gran ciudad.

Palpitaba el corazón del joven sólo con la idea de residir en París, y no pudo disimular su emoción cuando desde las alturas de Vanves descubrió a Santa Genoveva, el cuartel de los Inválidos, Nuestra Señora y aquel inmenso mar de casas cuyas olas esparcidas van como una marea a azotar los flancos de Montmartre, Belleville y Ménilmontant.

—¡Oh! ¡París! ¡París…! —prorrumpió.

—Sí, París, agrupación, abismo de males —exclamó tristemente el anciano—. En cada una de las piedras que allí veis, veríais brotar una lágrima, o enrojecerla una gota de sangre, si los dolores que encierran sus paredes apareciesen a la vista.

Reprimió Gilberto su entusiasmo, que en breve se desvaneció por sí mismo.

Al llegar a la barrera del Infierno, el semblante del joven se inmutó visiblemente, viendo aquel arrabal sucio y hediondo: pobres enfermos, transportados en angarillas al hospital, e infinidad de muchachos que jugaban medio desnudos en el fango, con los perros, las vacas y los cerdos.


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