JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Caramba!, no faltaba más. ¡Conque el caballero Jacobo precisa ya un lacayo para tratar sus yerbajos! ¡Qué menos si es un gran señor!

—Vaya, vaya —respondió el desconocido colocando con imperturbable paciencia sus plantas sobre la chimenea—, vamos, Teresa, tranquilízate un poco.

—Págale a lo menos y despídele; no necesitamos aquí espías.

Gilberto, palideciendo como un difunto, dio un salto hacia la puerta. Jacobo le detuvo.

—Este joven —dijo resueltamente—, no es criado y mucho menos espía: es un huésped que traigo a casa.

—Un huésped —gruñó la vieja dejando caer sus brazos a lo largo de su cuerpo—, ¡no nos faltaba más que eso!

—Teresa —replicó el desconocido con voz cariñosa al par que firme—, enciende luz. Hace calor y tenemos sed. Prorrumpió la vieja en un murmullo que, aunque fuerte al principio, se fue debilitando cada vez más.

Permanecía en tanto Gilberto inmóvil, mudo y como clavado a dos pasos de aquella puerta, que sentía ya en su interior haber pasado.

Comprendiendo Jacobo cuánto sufría su joven compañero, le dijo dulcemente:

—Señor Gilberto, os suplico que entréis.


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