JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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La vieja, ansiando conocer a la persona a quien su marido trataba con tan afectada política, volvió hacia él su pálido y tétrico rostro. Miróla entonces Gilberto a los primeros rayos de la luz recién encendida.

El rostro arrugado, barroso y como infiltrado de hiel en algunos puntos: aquella cara de ojos más vivos que animados, y más lúbricos que vivos, aquella empalagosa dulzura de sus vulgares facciones, demasiado desmentida por otra parte si atendemos lo desagradable de su voz y poco afectuosa acogida, inspiraron enseguida a Gilberto la más violenta antipatía.

Por su parte la vieja no encontró muy de su gusto tampoco el delicado y pálido semblante, el circunspecto silencio y la gravedad de su joven huésped.

—Señores, supongo que tendréis mucho calor, y por consiguiente mucha sed. En efecto, pasar todo el día a la sombra de los árboles es tan penoso, y fatiga tanto… Y luego bajarse frecuentemente para coger algún yerbajo… ¡Oh!, debe ser sumamente molesto, porque supongo que este caballerito herboriza también sin duda: es ejercicio de los que no tienen ninguno.

—Este joven —dijo Jacobo con voz cada vez más segura—, es un hombre honrado y leal que me ha hecho el honor de acompañarme durante el día, y a quien espero que mi buena Teresa recibirá como un amigo.

—Con lo que tenemos hay suficiente para dos personas —murmuró la vieja—, pero no para tres.


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