JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Todo lo contrario, señora —contestó Gilberto—, me parecen riquísimas, y las comería con mucho gusto; pero no acostumbro a comer más que de un plato.

—¿Bebéis agua? —dijo Jacobo dándole la botella.

—Siempre.

—Teresa, ahora —dijo el botánico, dejando la botella sobre la mesa, después de haberse servido un dedo de vino en su vaso—, te ocuparás en arreglar una cama para este joven, pues debe estar muy cansado.

Soltó la vieja el tenedor y, clavando sus ojos azorados en su marido, dijo:

—¿Estás loco? ¿Una cama? Eso es que le acostarás en la tuya. No hay remedio, este hombre ha perdido la chaveta. ¿Vas a admitir pupilos? Entonces no cuentes conmigo; busca quien te guise y te sirva; pues bastante hago con ser criada tuya, sin que pretendas que lo sea también de los extraños.

—Teresa —repuso el anciano con su tono grave y firme—, Teresa, te ruego me escuches, querida amiga, es nada más que por esta noche. Nunca ha estado en París este joven, y ha venido bajo mi protección. No consiento, pues, que duerma en la posada, y no lo consentiría aunque tuviese que darle, como dijiste, mi cama.


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