JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Teresa, después de esto, mientras hablaba estudió al parecer cada músculo del rostro del anciano, y comprendió que no habÃa lucha posible en aquel momento, y cambió repentinamente de táctica.
Sin duda hubiera quedado vencida obcecándose contra Gilberto, y por tanto se decidió a declararse en su favor; cierto es que lo hizo como una aliada dispuesta a desertar en la primera ocasión.
—Por último —dijo—, ya que este joven te ha acompañado hasta aquÃ, es prueba de que le conoces bien, y es mejor que se quede en casa. Haré del mejor modo que pueda una cama en tu gabinete junto a los legajos.
—No por cierto —contestó vivamente Jacobo—, un gabinete no es habitación a propósito para dormir, porque podrÃa muy fácilmente prenderse fuego a los papeles.
—¡Qué lástima! —murmuró la vieja.
Y añadió luego en voz alta:
—Entonces en la antesala, frente al armario.
—Tampoco.
—Ya veo que a pesar de nuestros buenos deseos, nos será completamente imposible servir a este joven, pues a no ser que le cedamos tu alcoba o la mÃa…
—No piensas bien, Teresa.
—¿Yo?
—SÃ, tú. ¿No tenemos una buhardilla?
—¿El granero quieres decir?