JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No, no es un granero, es un gabinete algo abuhardillado, pero sano, con vista a jardines magnÃficos, lo cual es raro en ParÃs.
—¡Oh! ¿Qué más da? —dijo Gilberto—, aunque fuera un granero, os confieso que me encontraré perfectamente.
—De ningún modo —repuso la vieja—, allà es donde tiendo mi ropa.
—No descompondrá nada, Teresa. ¿Es verdad, amigo mÃo, que pondréis cuidado de que no suceda ningún accidente a la ropa de esta señora? Somos pobres y cualquier pérdida serÃa para nosotros irreparable.
—¡Oh!, nada temáis.
—No quiero que este apreciable joven se pierda —continuó Jacobo en voz baja acercándose a Teresa—, ParÃs es una población peligrosa, y desde aquà podremos vigilarle.
—Es decir que te encargas de educarlo. Supongo que el discÃpulo pagará el pupilaje.
—No, pero me atrevo a asegurar que no te costará nada, pues desde mañana ganará para mantenerse. En cuanto al alojamiento, como la buhardilla nos es casi innecesaria, hagámosle esa limosna.
—¡Qué modo de protegerse tienen estos vagos! —murmuró Teresa encogiéndose de hombros.