JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Señor —interrumpió Gilberto más molesto que su mismo huésped de aquella lucha que sostenÃa palmo a palmo por una hospitalidad con la cual se creÃa rebajado—, jamás he ocasionado disgustos a nadie y no comenzaré seguramente por vos que habéis sido tan bondadoso conmigo, por lo tanto, dejadme que vaya hacia uno de los lados del puente por donde hemos pasado; he visto árboles bajo los cuales hay bancos, y os aseguro que pasaré tan buena noche acostado en uno de ellos como si estuviera en una cama.
—Eso es, para que os prenda la ronda por vago.
—¿Qué es eso? —refunfuñó la vieja quitando la mesa.
—Venid, venid, joven —dijo Jacobo—, si mal no me acuerdo acá arriba hay un jergón que siempre será más cómodo que ese banco de que habláis.
—¡Ah!, yo no me he acostado nunca más que en jergones —contestó Gilberto.
E insistiendo en esta verdad procurando disfrazarla por medio de una leve mentira, añadió:
—La lana me sofoca muchÃsimo.
—En efecto —repuso Jacobo sonriendo—, la paja es más fresca. Ea, coged una de esas velas que están sobre la mesa y seguidme.
Teresa, viéndose vencida, exhaló un profundo suspiro cuando Gilberto, levantándose gravemente, seguÃa a su protector.