JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Siéndole más precisa alguna ocupación más poderosa que el pliego de música que estaba copiando, tomó uno de los libros que estaban sobre el bufete de M. Jacobo.
—«Las confesiones —leyó con grata sorpresa—, Las confesiones de suyo libro he leÃdo unas cien páginas con tanto interés Edición adornada con el retrato del autor.» —prosiguió.
—¡Ay!, ¡y yo que nunca he visto el retrato de M. Rousseau! —exclamó—. Veamos, veamos.
Y volviendo la hoja, vio el retrato, y exhaló un grito. Entró Jacobo en aquel momento.
Gilberto comparó la fisonomÃa de aquel con el retrato que tenÃa en la mano, y sueltos los brazos, y temblando de pies a cabeza, dejó caer el tomo murmurando:
—¡Me encuentro en casa de Juan Jacobo Rousseau!
—Vamos a ver cómo habéis copiado vuestra música, hijo mÃo —respondió sonriendo Juan Jacobo, mucho más satisfecho interiormente de aquella imprevista ovación, que de los mil triunfos que durante su gloriosa vida habÃa obtenido.
Y al pasar por delante del trémulo joven, se acercó a la mesa, y fijando la vista en el papel continuó: