JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Con su comitiva. Vaya, dos leguas se andan pronto, y no ocasionan gran molestia. Se asegura que la princesa es excelente música, discípula de Gluck.

No oyó más Gilberto. A estas palabras: «pasado mañana llega a San Dionisio», sólo había tenido un pensamiento, a saber: que al siguiente día se encontraría a dos leguas de Andrea.

Por un momento creyó Gilberto que en aquel reducido gabinete no había suficiente aire para su pecho, y corrió a la ventana con el propósito de abrirla, pero la encontró cerrada con un candado, sin duda para que no se pudiese ver desde la habitación situada enfrente, lo que sucedía en el estudio de M. Jacobo.

Dejóse caer en su silla diciendo:

—¡Oh!, no debo escuchar ya detrás de las puertas; no debo penetrar los secretos de mi protector, de ese copiante a quien un príncipe llama su amigo, y desea presentar a la futura reina de Francia, a una hija de emperadores, a quien la señorita Andrea hablaba casi de rodillas.

—Pero si escuchase —agregó—, tal vez oiría alguna cosa de ella. Pero no, no, eso es propio de lacayos. La Brie escuchaba también detrás de las puertas.

Se apartó de la cerradura.


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