JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Con todo; es muy sencillo y natural: verdad es que las cosas sencillas son las que más impresión producen en los corazones profundos y en las inteligencias bien dotadas. HuÃais no sé de dónde, no os pregunto vuestro secreto, ibais huyendo por los bosques, tropezáis con un hombre arrancando hierbas escogidas; ese hombre tiene pan, vos no, os da la mitad: carecéis de albergue, os ofrece un asilo; ese hombre debÃa ser alguien, tener algún nombre, y se llama Rousseau. Esto es todo. Este hombre os dice ahora: El primer precepto de la filosofÃa es el que sigue: «Hombre, bástate a ti mismo». Asà que, cuando hayáis copiado ese rondó, habréis ganado la comida de hoy: copiadle, por lo tanto.
—¡Ah! ¡Cuán bueno sois!
—En cuanto al alojamiento os le doy de balde; pero no quiero que leáis por la noche si no gastáis velas vuestras, porque, si no, Teresa se enfadarÃa. Ea, sepamos ahora si tenéis hambre.
—¡Oh!, no, señor —dijo Gilberto casi sofocado.
—De la cena de anoche ha sobrado para almorzar esta mañana, conque no andéis con cumplidos: esta será la última comida que haréis en mi mesa, a no ser que os convide más adelante, si continuamos siendo amigos.
Respondió Gilberto con un ademán, que interrumpió Rousseau con un movimiento de cabeza.