JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —En la calle de Pastière —prosiguió—, hay una cocina donde guisan para los jornaleros: allà comeréis por poco dinero, porque os recomendaré. Vamos a almorzar.
El joven, sin replicar, siguió los pasos de su protector. Por primera vez en su vida estaba subyugado: es cierto que lo era por un hombre superior a los demás.
Levantóse a los pocos bocados para volver a trabajar. HabÃa dicho la verdad: su estómago, en extremo contraÃdo por la agitación de su espÃritu, se negaba a recibir ningún alimento. En todo el dÃa levantó los ojos de su tarea, y a las ocho de la noche habÃa conseguido copiar su rondó de cuatro páginas con claridad y limpieza, después de hacer tres borradores.
—No os quiero adular —dijo Rousseau—: Esto está malo todavÃa, pero se entiende: vale diez sueldos, aquà están. Inclinóse el joven al recibirlos.
—En esa alacena hay pan, señor Gilberto —dijo Teresa, en quien la discreción, dulzura y aplicación de su huésped habÃa causado un buen efecto.
—Muchas gracias, señora —contestó el joven—; nunca olvidaré tanta bondad.
—Ea, tomad —dijo aquella presentándoselo.