JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Deseaba Gilberto rehusarlo, mas miró a Juan Jacobo, y por sus cejas, que comenzaban ya a contraerse sobre sus penetrantes ojos y por sus delgados labios prontos a crisparse, conoció que una negativa podrÃa ofender a su huésped.
—Acepto —dijo.
Retiróse a su aposento llevando en la mano una moneda de seis sueldos en plata, y otros cuatro en cobre, que habÃa recibido de su protector.
—Al fin —dijo al entrar en el desván—, soy dueño de mi persona; pero no, pues todavÃa tengo este pan que me han dado por caridad.
Si bien tenÃa hambre, le dejó sobre la ventana y no volvió a tocarle.
Suponiendo después que olvidarÃa su hambre durmiendo, apagó la luz, y se tendió en el jergón.
Encontrólo despierto la aurora, habiendo apenas dormido durante toda la noche. Acordándose entonces de lo que le habÃa dicho Rousseau acerca de los jardines que se veÃan desde su ventana, se asomó, y vio efectivamente hermosos y frondosos árboles, más allá de los cuales se divisaba el palacio de quien dependÃa el jardÃn, que tenÃa la entrada por la calle Jussienne.
A un extremo se alzaba un pabellón completamente cerrado y rodeado de arbustos y flores.