JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Ahora entrará en un bodegón —dijo mentalmente Jacobo—, y desaparecerán sus pobres diez sueldos.
Pero se engañaba; pues Gilberto se comió andando parte del pan, y deteniéndose luego junto a una fuente que habÃa en la esquina de aquella calle, bebió un trago, acabó el pan, volvió a beber, enjuagóse la boca, se lavó las manos y regreso a casa.
—Me parece —dijo Rousseau—, que soy más afortunado que Diógenes, y que he encontrado un hombre.
Y asà que oyó que subÃa por la escalera, salió corriendo a abrirle.
Trabajó Gilberto todo aquel dÃa, aplicando a aquella monótona tarea su actividad, su penetrante inteligencia y su obstinada perseverancia. Adivinaba lo que no comprendÃa, y su mano, esclava de una voluntad de hierro, trazaba las notas con firmeza y sin error, logrando concluir para la noche una copia de siete páginas, si no elegante, inteligible al menos.
Rousseau la examinó como juez y como filósofo a la vez, criticó la forma de las notas, la delgadez de los rasgos, la separación de las pausas; mas reconoció que habÃa ya un adelanto notable respecto a la copia del dÃa anterior, y dio veinticinco sueldos a Gilberto.