JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Ea, no, señor, todo lo contrario —dijo la mujer—, nos ayudaréis a llegar allá. No tenÃamos más que un hombre que nos amparase, y asà tendremos dos.
Era un argumento sólido, al que Gilberto no podÃa resistir. La idea de ser útil y pagar de este modo el apoyo que le brindaban, ponÃa su conciencia a cubierto y le quitaba de antemano todo escrúpulo.
Aceptó sin inconveniente.
—Vamos a ver ahora a quién ofrece el brazo —dijo la tÃa.
Este auxilio caÃa del cielo para Gilberto. Efectivamente, ¿cómo salvar el insuperable obstáculo de treinta mil personas, todas más recomendables que él, por el rango, las riquezas, la fuerza y por la costumbre, en fin, de colocarse en aquellas fiestas, dónde cada cual se apodera del sitio más ancho que encuentra?
Si el filósofo hubiese sido menos dado a la teorÃa y más práctico, esto habrÃa sin duda podido ofrecerle un admirable estudio dinámico de la sociedad.
Cruzaba el coche de cuatro caballos como una bala por medio de la muchedumbre, y cada cual se apartaba para dar paso al volante, con sombrero de plumas y casaca de colores vivos, quien por lo común venÃa precedido de dos irresistibles mastines. El de los caballos, daba una especie de contraseña al oÃdo de un guardia, y venÃa a ocupar su puesto en la plazoleta próxima al convento.