JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Precisamente frente al convento de Carmelitas —replicó la madre—, y nos ha ofrecido colocarnos detrás de su compañÃa; tendremos allà un banco, y podremos ver muy bien bajar la gente de los coches.
Ahora tocó a Gilberto ruborizarse: no osaba sentarse a la mesa con aquella honrada familia; pero apenas podÃa resistir a la tentación de acompañarla.
Con todo, su filosofÃa, o más bien ese orgullo, del cual, según repetidamente le habÃa dicho Jacobo, debÃa desconfiar, le dijo en voz baja: «Quédese en buen hora para las mujeres tener necesidad de otros: ¿pero tú, que eres hombre, no tienes brazos y hombros?».
—Los que no pueden situarse donde os he dicho —continuó la madre, como si hubiese adivinado el pensamiento de Gilberto y tratase de contestar a él—, no lograrán ver más que coches vacÃos, y para eso no es necesario venir a San Dionisio.
—Creo —dijo Gilberto— que muchas personas habrán pensado como vos.
—SÃ, pero no todas tendrán como nosotros un sobrino en guardias que les permita pasar.
—¡Ah!, cierto es —contestó Gilberto desalentado.
—¿Y quién impide que ese joven venga, si lo desea, en nuestra compañÃa? —interrumpió el padre, hábil en adivinar los deseos de su esposa.
—SentirÃa molestaros.