JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Lo ignoro, señora —respondió Gilberto—, sólo he oÃdo decir, que a un cuarto de legua próximamente, se veÃa una gran polvareda.
—Acercaos, caballero, y si gustáis… —dijo el padre ofreciéndole el apetitoso almuerzo tendido sobre la hierba.
Gilberto conoció que por la tercera parte de su caudal, podrÃa comprar un almuerzo casi tan suculento como el que le ofrecÃan, y no quiso aceptar nada de aquellas personas a quienes veÃa por primera vez.
—Muchas gracias, caballero —contestó— he almorzado ya.
—Observo que sois hombre prevenido —dijo la mujer—, pero os advierto que nada podréis ver desde aquÃ.
—Ni vos tampoco —respondió el joven con una sonrisa—, pues estáis en el mismo caso que yo.
—¡Bah!, nosotros es diferente: tenemos un sobrino sargento de las guardias francesas. Coloreóse aún más la joven.
—Esta mañana formará —prosiguió la madre—, delante del Pavo Azul: es su puesto.
—Sin ser indiscreto, ¿dónde está el Pavo Azul? —preguntó Gilberto.