JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El padre partÃa un pedazo de ternera asada que descansaba dorado, frito y grasiento, en el fondo de la cazuela, donde la madre lo habÃa colocado la vÃspera entre zanahorias, cebollas y pedazos de tocino.
Gilberto escogió un sitio al pie de un olmo, sacudiendo con el pañuelo el polvo que tenÃa la hierba seca, quitóse el sombrero, y colocando aquel en tierra, se sentó sin prestar la menor atención a sus vecinos, sin embargo de que estos repararon muy bien en él.
—¡Aseado joven! —dijo la madre.
Ruborizóse la niña, según acostumbraba siempre que se hablaba en su presencia de algún joven, lo cual enajenaba de gozo a los tiernos autores de sus dÃas.
—Es un gallardo mozo —replicó el padre volviendo la cabeza.
Creció con estas palabras el rubor de la joven.
—Parece que está muy cansado —observó la criada—, y, no obstante, no trae nada.
—¡Perezoso! —dijo la tÃa.
—Caballero —dijo la madre dirigiéndose a Gilberto con esa familiaridad que para interrogar sólo tienen las parisienses—, ¿están todavÃa lejos los coches del rey?
Volvióse el joven conociendo que a él se dirigÃan y levantóse para saludar.
—Y es muy polÃtico —agregó la madre. Su hija sintió calor en sus mejillas.