JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Componíase esta de una joven de ojos azules, modesta y tímida; su madre, pequeña, rechoncha y risueña, de dientes blancos y fresca tez: el padre envuelto en un grande levitón de barragán, que no se venteaba sino los domingos, y que habiéndole sacado del armario para aquella solemne ocasión, le preocupaba más que su mujer y su hija, seguro de que estas saldrían por sí solas de cualquier apuro. Aquel cuadro se completaba con una tía alta, flaca y gruñona, y una criada que no cesaba de reír. Había llevado esta última el almuerzo completo, en un enorme cesto, bajo cuyo peso, la vigorosa muchacha, animada por su amo, que la relevaba de vez en cuando, no había cesado de reír y cantar durante todo el camino.
Gilberto contempló a hurtadillas aquella escena por completo nueva para él. No sabía lo que era un hombre de la clase media.
En aquella honrada familia, y en el uso natural de las necesidades de la vida, encontró Gilberto practicada su filosofía, que sin proceder de Platón ni de Sócrates, tenía algo de la de Blas, in extenso.
Aquella familia llevaba consigo todo cuanto había podido, y pretendía sacar de ello el mejor partido posible.