JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Qué impertinente! —exclamó la tÃa. Comenzaron a andar, el padre iba entre la joven y la tÃa, y seguido de la criada con el cesto debajo del brazo.
—Permitid, señores… —decÃa la madre con sonrisa franca—, señores, por favor… señores, tened la bondad…
La gente se apartó abriéndole paso y por el claro se deslizaba toda la familia.
Conquistaron palmo a palmo el terreno que les separaba de la plaza del convento, llegando al fin a la primera fila de las terribles guardias, que eran la esperanza de toda esta familia.
Al llegar a este sitio, el padre, encaramándose sobre los hombros de Gilberto, divisó a unos veinte pasos al sobrino de su mujer que se retorcÃa el bigote.
Hizo con el sombrero tan extravagantes ademanes, que el sargento, reparando en él, se aproximó y solicitó de sus camaradas que se abrieran un poco para dejar paso.
Introdujéronse entonces por aquella abertura Gilberto, la madre, el padre, su hermana y su hija, seguidos de la criada, que no cesó, durante la travesÃa, de gritar, y de dirigir miradas feroces, aunque sus amos se cuidaron poco de averiguar la causa.