JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Se prolongaba la fila. Gilberto se puso a mirar con ojos ansiosos y extraviados. Llegaban los carruajes a la puerta de la abadía, y se detenían para que bajasen las personas de la comitiva que los ocupaban; operación que de cinco en cinco minutos, producía un alto en toda la línea.

Nuestro joven sintió en uno de ellos tan fuerte conmoción, como si un hierro candente le hubiera traspasado el pecho; un vértigo apoderóse de su frente, nublóse su vista, atacándole al mismo tiempo un temblor tan violento, que hubo de agarrarse a un árbol que junto a él estaba, para no caer en tierra.

Acababa de ver frente a sí a diez pasos de distancia y en una de las carrozas adornadas con flores de lis, que debía saludar, según la orden del sargento, la luminosa, la resplandeciente figura de Andrea, que vestida de blanco, parecíase a un ángel o a un fantasma.

Gilberto dio un débil grito; mas triunfando de todas las sensaciones que a un tiempo se habían apoderado de él, ordenó a su corazón que cesase de latir, y a sus miradas que se clavasen en el sol.

El poderío que el joven ejercía sobre sí mismo, era tan extraordinario, que lo consiguió.

Andrea deseaba saber el motivo por qué hacían alto los coches, se asomó a la portezuela, y pasando en torno suyo sus hermosos ojos azules, divisó a Gilberto y le conoció enseguida.


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