JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Palideció Gilberto, miró su sombrero cubierto de polvo, y repuso:
—Le veo por primera vez, señor sargento, y confieso que he olvidado saludarle. Pero yo no sabÃa…
—¿Qué?, hablad… —interrumpió el veterano frunciendo el ceño.
El joven temió lo arrojasen de aquel sitio desde donde verÃa a Andrea, y el amor que le abrasaba quebrantó su orgullo.
—Escuchadme —replicó—, soy forastero.
—¿Habéis venido a educaros en ParÃs?
—SÃ, señor —dijo ocultando su desesperación.
—Perfectamente, pues tratáis de instruiros —continuó el sargento sujetando la mano del joven que procuraba ponerse otra vez el sombrero—, sabed desde ahora, que no sólo hay obligación de saludar al rey, sino además a la princesa, a los prÃncipes y a todos los carruajes que lleven flores de lis. ¿Conocéis las flores de lis, o habrá tal vez que enseñároslas?
—No os molestéis; sé cuales son.
—Me alegro —refunfuñó el sargento. Los coches regios pasaron.