JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Decidióse Gilberto a obedecer, pero fue detenido por el sargento.

—Ya veis que me llaman —dijo.

—¿Quién?

—De ese coche.

El sargento se fijó donde señalaba el joven, y vio el carruaje de M. de Taverney.

—Permitid que pase ese muchacho, sargento, sólo deseo decirle dos palabras.

—Bien, caballero —contestó el militar—, hay tiempo suficiente, pues están leyendo una arenga en el pórtico, y es operación de media hora. Pasad, joven.

—Ven acá, pícaro —dijo el barón a Gilberto que se acercaba sin salir de su paso—, y sepamos a qué coincidencia debes el encontrarte en San Dionisio cuando debieras estar en Taverney.

El joven saludó otra vez a Andrea y a su padre, y contestó.

—No es por casualidad, señor barón, sino por un acto de mi voluntad.

—¿Cómo de tu voluntad, sinvergüenza? ¿Tienes tú voluntad acaso?

—¿Por qué no? Todo hombre libre está autorizado a tenerla.

—¡Todo hombre libre! ¡Cómo! ¿Te presumes que eres libre, miserable?


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