JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Ha hecho… ha hecho… —gritó M. de Taverney—; dale, Felipe, dale, como si fuera un perro.
Cada vez más admirado se dirigió el joven a su hermana.
—Dime, Andrea, ¿te ha insultado quizá?
—¡Yo! —exclamó Gilberto.
—No, Felipe —contestó Andrea—, no ha hecho nada, papá exagera. El señor Gilberto no se halla ya a nuestro servicio y tiene, por lo tanto, derecho a ir donde mejor le plazca. Papá no quiere comprender esto, y se ha encolerizado al verle aquÃ.
—¿Es eso nada más? —dijo Felipe.
—Sólo eso, hermano, y es incomprensible la cólera de nuestro padre, sobre todo en un asunto como este, en que la persona de quien pretende estar ofendido merece apenas una mirada. Mira si podemos marchar, Felipe.
Calló el barón, doblegado por la serenidad majestuosa de su hija.
El joven Gilberto bajó la cabeza avergonzado por tanto desprecio: sintió cruzar por su corazón un rápido impulso, semejante a los que inspira el odio. HabrÃa deseado un golpe mortal de la espada de Felipe.
Poco le faltó para desmayarse.
Afortunadamente acabó en aquel momento la arenga, y los coches volvieron a ponerse en movimiento.
Se separó paso a paso del barón: los otros le siguieron, Andrea desapareció como un sueño.