JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El joven dio un paso hacia atrás, se colocó el sombrero debajo del brazo, y gritó lleno de cólera:

—Sabed, señor barón, que desde que estoy en París, he hallado protectores a quienes hace antesala vuestro M. de Sartine.

—Sí, ¿eh? —exclamó el barón—, pues si te escapas de Bicètre, no te escaparás de un vapuleo. Andrea, Andrea, llama a tu hermano que viene ahí.

Andrea se dirigió hacia Gilberto, y le dijo imperiosamente:

—Ea, pues, señor Gilberto, retiraos.

—¡Felipe! ¡Felipe! —gritó el viejo.

—Retiraos —replicó Andrea al joven que seguía silencioso e inmóvil en su lugar, como en una contemplación extática.

Un hombre a caballo se aproximó a la portezuela: era Felipe de Taverney. La expresión de su rostro manifestaba júbilo; su uniforme de capitán era brillante.

—¡Hola, Gilberto! ¡Tú por aquí! —dijo con amabilidad al reconocer al joven—. Buenos días, Gilberto… ¿Qué deseaba, padre?

El barón, pálido de cólera, gritó:

—Que agarres la vaina de tu espada, y des una zurra a ese gran pillete.

—¿Qué ha hecho? —preguntó Felipe mirando alternativamente y con sorpresa cada vez mayor al barón furibundo y a Gilberto que continuaba impasible.


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