JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Verás cómo este tunante acaba por decirnos que toca el piano mejor que Haynd.
—Quizá le tocara, si me hubiese atrevido a colocar mis dedos sobre las teclas.
Inconscientemente dirigió Andrea otra ojeada a aquel rostro animado con una expresión, a ninguna comparable, a no ser a la del fanático que desea el martirio.
Pero el barón, cuya inteligencia no contaba con la serena y penetrante lucidez de la de su hija, sintió doblarse su cólera al comprender que el joven tenÃa razón, y que al dejarle con Mahón en Taverney, se habÃa hecho con él un acto de inhumanidad.
DifÃcilmente se perdonan a un inferior las faltas de que llega a convencernos; asà es que acalorándose a medida que se calmaba su hija, el barón prosiguió:
—¡Ah, pÃcaro!, ¿conque has desertado, te has dado a la vagancia, y cuando se te pide cuenta de tus actos, te presentas con esa faramalla, sin pies ni cabeza? ¡Muy bien!, pero no consiento que digan que por mi culpa están las calles del reino llenas de rateros y vagabundos…
Andrea procuró calmar a su padre, pues comprendÃa que tanta exageración destruÃa su superioridad: mas el barón, separando la mano protectora de su hija, prosiguió:
—Te recomendaré a M. de Sartine, e irás a dar una vuelta por Bicètre[22], mal engendro de filósofo.