JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Lo que un hombre de talento a quien quiero parecer aunque no sea más que por perseverancia —respondió Gilberto—, copio música.
—¿Copiáis música? —dijo Andrea.
—SÃ, señorita.
—Pues qué, ¿la sabéis? —añadió esta desdeñosamente y del mismo modo que si hubiera dicho: mentÃs.
—Aprendà las notas, y eso sobra —respondió Gilberto.
—¿Dónde demonios las has aprendido, pilluelo? —dijo el barón.
—SÃ, ¿dónde? —repitió Andrea sonriendo.
—Señor barón, me entusiasma la música, y como esta señorita pasaba todos los dÃas una hora o dos al clave, me escondÃa para oÃrla.
—¡Haragán!
—Primero aprendà las tocatas, y como estas se hallaban escritas en el método, conseguà poco a poco, y a fuerza de trabajo, llegar a leerlas.
—¡Es mi método! —interrumpió Andrea en el colmo de la indignación—, ¿os propasasteis a tocarle?
—No, señora, jamás me hubiera propasado tanto —contestó el joven—, pero vos le tenÃais abierto sobre el clave, y sin tocarle le estudiaba yo: con los ojos no podÃa mancharle.