JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pero, en fin, ¿cuentas siquiera para comer?
—Gano el sustento, señor Felipe, y con esto basta para quien nada más tiene que echarse en cara el haber comido hasta ahora el pan que no ganaba.
—Creo que no lo dirás por el que se te ha dado en Taverney, hijo mÃo. Tus padres fueron excelentes sirvientes de la casa, y tú mismo te esforzabas en hacerte útil.
—Con mi obligación cumplÃa.
—Sabes, Gilberto —prosiguió el joven—, que siempre te he querido, y que te he considerado de otro modo que los demás; si he obrado bien o mal, lo dirá el tiempo. A otros parecÃas insociable y a mà delicado; y tu aspereza la llamaba yo arrogancia.
—¡Señor capitán! —exclamó el joven respirando con desahogo.
—Asà es —siguió Felipe—, que te quiero bien.
—¡Oh!, mil gracias.
—Siendo más joven, he sido como tú desgraciado en mi posición; de aquà viene tal vez que te haya comprendido. Un dÃa me miró risueña la fortuna, y quiero que me dejes ayudarte hasta que te toque tu vez.
—¡Os agradezco esa bondad!
—Dime, ¿qué piensas hacer? Eres bastante altivo para ponerte a servir.