JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El joven Gilberto movió la cabeza con sonrisa de desprecio y contestó:
—Quiero estudiar.
—Necesitas maestros, y para tener maestros necesitas dinero.
—Lo gano.
—¡Lo ganas! —replicó Felipe sonriendo— ¿cuánto ganas?, vamos a ver.
—Veinticinco sueldos diarios, y confÃo llegar a treinta y hasta cuarenta.
—SÃ, pero eso es lo que necesitas para comer.
Gilberto se sonrió nuevamente.
—Quizá no he acertado con el medio de hacerte admitir mis servicios.
—¡Servirme a mà vos!
—Cabal. ¿Te avergonzarÃas de aceptarlo?
Calló Gilberto.
—Han nacido los hombres para ayudarse mutuamente —continuó Casa-Roja—, porque todos son hermanos.
Gilberto levantó la cabeza y clavó sus penetrantes ojos en el noble rostro del joven capitán.
—¿Tal vez extrañas este lenguaje? —preguntó Felipe.
—No, señor —contestó Gilberto—: Pues es el de la filosofÃa; sólo que no lo he oÃdo nunca en boca de personas de vuestra clase.