JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Se impusieron mis padres, señora, toda clase de sacrificios para ayudar a mi hermano, y decidieron hacerme tomar el velo en las carmelitas de Subiaco.
—¿Qué dijisteis vos?
—Señora, nada. Desde mi más tierna juventud, me habÃan pintado este porvenir como una necesidad. Yo carecÃa de fuerza y de voluntad. Además, tampoco me consultaban: mandaban y obedecÃa.
—Sin embargo…
»Nosotras las romanas, sólo tenemos deseos que nunca satisfacemos, y amamos el mundo como los condenados el paraÃso, sin conocerle. Hallábame, además, rodeada de ejemplos que me habrÃan obligado a resignarme si me hubiese en alguna ocasión ocurrido la idea de resistir: pero no me ocurrió. Todas mis amigas, que como yo tenÃan hermanos, se habÃan también visto precisadas a pagar su deuda al lustre de la familia; asà es que no tenÃa razón para quejarme, pues nada me pedÃan que saliese de la costumbre general, y lo único que hizo mi madre, fue acariciarme un poco más a medida que iba acercándose la hora de separarme de ella.
»Por fin llegó el dÃa en que debÃa comenzar mi noviciado; mi padre reunió quinientos escudos romanos para pagar mi dote, y marchamos.