JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico »Yo, que no podía luchar en experiencia con mi padre; yo, que obedecía a mi instinto, y que sufría el influjo de mi gratitud, no creía, ni podía creer, que aquel hombre fuese un bandido.
»De suerte que en mis plegarias nocturnas a la Virgen, consagraba una frase destinada a invocar las gracias de la madre de Dios para mi salvador desconocido.
»En aquel mismo día ingresé en el claustro. Habíase recobrado mi dote, y nada me impedía entrar en él. Estaba más triste, pero también más conforme que nunca. Italiana y supersticiosa, creía que Dios quería poseerme pura, entera y sin mancha, puesto que me había librado de aquellos bandidos, excitados seguramente por el demonio para mancillar la corona de inocencia que Dios sólo debía desprender de mi frente. Me sometí, por tanto, con todo el ardor de mi carácter a las exigencias de mis superiores y de mis padres, quienes me obligaron a dirigir una petición al soberano pontífice para que me dispensara el noviciado. Yo misma la escribí y la firmé. Había sido redactada por mi padre en los términos de un deseo tan vehemente, que Su Santidad, creyendo ver en esta petición la fervorosa aspiración hacia la soledad de un alma cansada ya del mundo, concedió lo que solicitamos, y el noviciado de un año, de dos años a veces para las demás, por un favor particular, quedó reducido para mí a un mes.