JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico »Dieron mis padres las gracias a aquel hombre que me conocÃa y a quien no conocÃamos, y subieron al carruaje. Yo les imité como a pesar mÃo, pues no sé qué fuerza extraña e irresistible me impulsaba hacia mi salvador.
»Este se quedó inmóvil en su sitio como para continuar protegiéndonos.
»Mientras pude no dejé de mirarlo, y no desapareció.
—¿Y quién era ese hombre extraordinario? —preguntó la princesa conmovida con la sencillez de aquel relato.
—Os suplico me prestéis atención, señora —respondió Lorenza—. ¡Ay!, no he terminado todavÃa.
—Os escucho —dijo madame Luisa.
»Transcurridas dos horas de este suceso, llegamos a Subiaco. Mis padres y yo, no habÃamos hecho más que hablar durante todo el camino acerca de aquel singular salvador que se nos apareciera de pronto, misterioso y potente, como un enviado del cielo.
»Mi padre, menos confiado que yo, sospechaba que fuera jefe de alguna de las partidas, que aunque fraccionadas alrededor de Roma, dependen de la misma autoridad, y son inspeccionadas frecuentemente por el jefe supremo, que revestido de un poder absoluto, premia, castiga y entrega a cada individuo la parte que le corresponde.