JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo LI

En el silencio más profundo estuvieron durante algunos instantes ambas interlocutoras; entregada la una a sus dolorosas meditaciones y la otra al asombro que le proporcionara tan rara confesión.

Por fin rompió el silencio madame de este modo:

—¿No hicisteis vos nada para facilitar este rapto?

—Señora, nada.

—¿Tampoco sabéis cómo salisteis del convento?

—No lo sé.

—Bien; pero un convento está siempre bien guardado, tiene rejas en las ventanas, paredes altísimas, y una tornera que jamás deja las llaves. Esto debe suceder también en Italia, pues la regla es aún más severa que en Francia.

—Señora, ¡qué puedo contestaros, cuando en vano pretendo yo misma profundizar mis recuerdos desde aquel instante!

—¿Y os quejaríais de tamaña tropelía?

—Claro que sí.

—¿Pero qué os respondió?

—Me dijo que me amaba.

—¿Y qué le dijisteis entonces?

—El miedo que me daba.

—¿Luego vos no le amabais?

—No, ¡oh!, no.


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