JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Estas palabras fueron acompañadas de una rápida ojeada que el viajero echó alrededor de sÃ, como si temiera y al mismo tiempo deseara ser oÃdo.
Sacudió el animal las sedosas crines, hirió fuertemente el suelo con la herradura y relinchó del mismo modo que anunciaba, en los desiertos, la llegada del león.
El viajero hizo un expresivo movimiento de cabeza, acompañado de una sonrisa, como si hubiera querido decir:
—No te equivocas, Djerid; el peligro está próximo.
Pero resuelto sin duda a no combatirlo nuestro desconocido, sacó del arzón dos hermosas pistolas, cuyos cañones se hallaban lujosamente cincelados, y las descargó tirando al suelo la pólvora y las balas.
Concluida esta operación, colocólas nuevamente en su sitio.
No estaba todo hecho.
Llevaba colgada de su cintura una espada con puño de acero, desabrochó el cinturón, y arrollándolo alrededor de ella, colocóla bajo la silla, sujetándola con el estribo, de modo que la punta correspondiese a la ingle del caballo, y el puño al brazuelo.