JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El dÃa 6 de mayo de 1770, cuando las aguas del gran rÃo se tiñen de un reflejo blanco matizado de rosa, es decir, en el momento en que para todo el Rhingan se oculta el sol tras la aguja de la catedral de Strasburgo, dividiéndolo en dos hemisferios de fuego, un hombre que venÃa de Mayenza, después de haber recorrido la distancia que le separaba de la senda, llegó a ella, siguiéndola en tanto fue visible, y después que esta desapareció, apeóse de su caballo, y tomándole por la brida, atóle al primer árbol de aquella selva pavorosa.
El caballo, inquieto, relinchó.
—Bueno, bueno —dijo el viajero—, cálmate, mi buen Djerid; hemos caminado ya doce leguas, y por lo menos tú has conseguido llegar al término de tu jornada.
Dicho esto, trató de penetrar con la vista la espesura del bosque; pero las sombras eran tan opacas, que sólo podÃan verse inmensas masas negras destacándose sobre otras más negras todavÃa, y tan espesas como las primeras.
Después de este inútil esfuerzo, dirigióse el viajero hacia su caballo, cuyo nombre árabe expresaba a la vez su origen y velocidad, y cogiendo con las dos manos la parte inferior de su cabeza, y aproximándola a sus labios:
—Adiós, valeroso caballo —le dijo—, adiós, por si no nos volvemos a ver.