JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Ahora, que las más elevadas montañas han llegado a ser meros observatorios, y que las leyendas más poéticamente terribles no inspiran más que una sonrisa de duda en los labios del viajero; ahora aterra aún aquella soledad y hace venerable aquel sitio, en que sólo se hallan algunas casas de pobre apariencia, a semejanza de centinelas avanzados de los vecinos pueblos, para indicar la presencia del hombre en aquel paÃs que parecÃa el más a propósito para ser teatro de escenas misteriosas y fantásticas.
Los habitantes de esas casas esparcidas por aquellas soledades son, o molineros que dejan alegremente al rÃo moler su trigo, cuya harina transportan ellos luego a Rockenhausen y a Alcey, o pastores que al conducir sus ganados a pacer en la montaña, estremécense ellos y sus perros al estruendo producido por algún abeto secular, que al peso de su vejez rueda a los abismos desconocidos del bosque. Porque, como hemos dicho, los recuerdos del paÃs son lúgubres, y la senda que se extiende al lado opuesto al sitio que antes indicamos en medio de la maleza de la montaña, no ha conducido siempre, según los más valientes y buenos cristianos, al puerto de su salvación.
Probablemente alguno de sus actuales habitantes habrá oÃdo referir a sus ascendientes lo que nosotros vamos a relatar.