JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Por una extraña coincidencia con su pensamiento, un ruido y un inusitado movimiento excitó su atención hacia aquel lado. Una de las ventanas del pabellón, que según todas las apariencias no se había abierto desde mucho tiempo antes, se movió empujada por una mano torpe o débil. Cedían los tableros en la parte superior, pero tal vez detenidos por la humedad sin duda en el borde del antepecho, se resistían a abrirse hacia afuera.
Otro empuje más poderoso hizo en fin rechinar el marco, y estremeciéndose bruscamente ambas hojas dejaron ver a una joven encendida todavía por los esfuerzos que acababa de realizar, y sacudiendo e] polvo de sus manos. Gilberto exhaló un grito y se retiró hacia atrás. Aquella joven soñolienta aún, y que se esperezaba al aire libre, era Nicolasa.
No debía dudar un momento. Felipe había anunciado la víspera a su padre y a su hermana que La-Brie y Nicolasa estaban disponiendo su alojamiento. Luego aquel pabellón era el alojamiento preparado: aquella casa de la calle de Coq-Heron, donde habían entrado los viajeros, tenía sus jardines inmediatos a la calle Plastrière.
Fue tan brusco el movimiento del joven, que si Nicolasa, situada a bastante distancia, no hubiera estado tan distraída en aquella indolente contemplación, propia del momento de despertarse, hubiera visto a nuestro filósofo al tiempo de retirarse de su ventana.