JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Debajo de esta ventana, que nunca se abría, pues así lo demostraban telarañas que la entapizaban por fuera, había una puerta guarnecida de grandes clavos, la cual indicaba, no que se entraba, sino que se podía entrar en la casa por este lado.
Nada más dos personas habitaban en esta callejuela: un zapatero de viejo dentro de un cajón de madera, y una calcetera en un tonel, ambos cobijándose bajo las acacias del convento, que desde las nueve de la mañana esparcían grata frescura sobre el empolvado suelo.
Al anochecer se marchaba la calcetera a su domicilio, y el zapatero echaba el candado a su palacio, quedando solamente para cuidar el callejón, el ojo sombrío y tétrico de la ventana de que hemos hablado.
Tenía la casa que procuramos describir lo más exactamente posible, además de la puerta que antes dijimos, otra entrada principal por la calle de San Claudio. Era una puerta cochera con un relieve que traía a la memoria la arquitectura del tiempo de Luis XIII, y se hallaba adornada con el aldabón de cabeza de grifo, que el conde de Fénix había indicado como seña positiva al cardenal de Rohán.
Las ventanas que caían al bulevar, estaban abiertas desde por la mañana para recibir los primeros rayos del sol.