JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Los habitantes de París, y con distinción los de aquel barrio, gozaban de poca seguridad en aquel tiempo; así es que nadie extrañaba ver las ventanas enrejadas y las tapias erizadas de alcachofas de hierro.
Esta casa, por delante de la cual nadie pasaría hoy sin pararse lleno de curiosidad y de inquietud, no tenía, sin embargo, en 1770 un aspecto muy extraño, pues se encontraba, por el contrario, en la más completa armonía con el barrio, y si los buenos habitantes de las calles de San Luis y de San Claudio, huían de ella y de sus alrededores, era a causa del bulevar desierto de la puerta de San Luis, bastante mal afamado, y del puente de Choux, cuyos arcos, construidos sobre un negro albañal, parecían a todo parisiense algo enterado de las tradiciones, las insuperables columnas de Gades.
El bulevar por este lado, sólo conducía a la Bastilla y apenas si se contaban diez casas en el espacio de un cuarto de legua. Así es que la municipalidad no había aún juzgado a propósito alumbrarle; de modo que al dar las ocho de la noche en el verano y las cuatro de la tarde en el invierno, nadie se atrevía a transitar por él, por ser grandemente peligroso, a causa de los muchos ladrones que lo frecuentaban.
No obstante, vióse un coche cuyas portezuelas estaban decoradas con las armas del conde de Fénix, que lo atravesaba velozmente hacia las nueve de la noche y tres cuartos de hora después de la visita de San Dionisio.