JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Que me has ofrecido habitarlo conmigo.
—¡Ah!, ¿cuando duermes comprendes que te amo con pasión?
Abrazó la joven convulsivamente sus rodillas, en tanto una pálida sonrisa asomaba a sus labios, y exclamó:
—SÃ, sÃ, lo conozco, y sin embargo —añadió exhalando un suspiro—, hay una cosa que amas aún más que a Lorenza.
—¿Qué cosa? —preguntó Balsamo agitado.
—Tu sueño.
—Di mi empresa.
—Tu ambición.
—Di mi gloria.
—¡Oh! ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo!
Oprimióse el corazón de la joven, y lágrimas silenciosas corrieron al través de sus párpados cerrados.
—¿Qué ves? —preguntó Balsamo asombrado de aquella lucidez que a veces también a él mismo le espantaba.
—¡Oh!, veo tinieblas entre las cuales se deslizan fantasmas: algunas llevan en la mano sus cabezas coronadas, y tú, tú te encuentras en medio de todos como un general en medio de una batalla. Parece que tienes los poderes de Dios; mandas, y te obedecen.