JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Cuando Lorenza recobró su poder, dirigió una rápida mirada a su alrededor, y después de examinar cada cosa sin que ninguna de esas mil coqueterÃas que alegran a las mujeres desarrugarse al parecer la gravedad de su fisonomÃa, fijó los ojos en Balsamo con un temblor doloroso.
Estaba sentado el conde a poca distancia de ella, y la observaba con suma atención.
—¡Siempre vos! —exclamó retrocediendo la joven.
Y las señales todas de temor, aparecieron de nuevo en su semblante; sus labios palidecieron, y el sudor brotó a la raÃz de su cabello.
Balsamo permaneció silencioso.
—¿Dónde estoy? —prosiguió Lorenza.
—No habréis olvidado de dónde venÃs, señora —continuó el conde—, y esto debe conduciros naturalmente a comprender donde estáis.
—SÃ, tenéis razón en excitar mis recuerdos: ya hago memoria, en efecto. Sé que me habéis perseguido y arrebatado de los brazos de la augusta intercesora que habÃa elegido.
—Pues entonces, sabréis también que esa princesa, a pesar de su poder, no ha podido defenderos.