JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Despertad, Lorenza, yo lo mando!
Al momento se soltó aquella cadena que no habÃa podido romper, los brazos que le enlazaban se extendieron, la sonrisa ardiente que entreabrÃa los labios secos de Lorenza desapareció, languideciendo como un resto de vida al postrimer suspiro: abriéronse sus ojos, volvieron a contraerse sus pupilas dilatadas, agitó los brazos con esfuerzo, y haciendo un movimiento de cansancio, cayó de nuevo, pero despierta, sobre el sofá.
Sentado Balsamo a tres pasos de ella, exhaló un profundo suspiro.
—Adiós, sueños dorados —murmuró—, ¡adiós felicidad!