JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh Balsamo! —murmuró la joven—, ¿podrá jamás proporcionarte tu ambición lo que te ofrece mi amor?
Impulsado irresistiblemente por su pasión el conde, y arrastrado por ella, reclinó su cabeza sobre el pecho de Lorenza.
—¡Ah!, sÃ, sà —exclamó esta—; veo que me prefieres a tu ambición, a tu poder, y a tus esperanzas. ¡Oh!, ¡al fin me amas como yo te amo!
Intentó Balsamo sacudir la nube embriagadora que comenzaba a ofuscar su razón, pero su esfuerzo fue inútil.
—¡Un!, puesto que me amas tanto —exclamó—, apiádate de mÃ.
Ya no le oÃa Lorenza: acababa de formar con sus brazos una de esas cadenas irresistibles, más tenaces que grapas de hierro, y más sólidas que el diamante.
—Como hermana, como virgen, como esposa, como pretendas te amaré, pero dame un beso, uno solo.
Balsamo quedó subyugado. Vencido y enajenado por tanto amor, y sin fuerzas para dominarse más tiempo, con la vista fija, el pecho agitado, y la cabeza trastornada, se acercó a Lorenza tan invenciblemente atraÃdo como el acero por el imán.
Iban ya sus labios a tocar los de la joven, cuando recobró de pronto la razón, y azotando con sus manos el aire impregnado de voluptuosos vapores, exclamó: