JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ay! —dijo—, cúlpate a ti misma o más bien culpa a la Naturaleza que hizo de ti un ángel cuya mirada infalible somete al Universo. Dotada de extraordinaria lucidez, tú lees en los corazones con tanta facilidad como un libro: eres el ángel de pureza, el diamante sin mancha, y nada puede nublar tu espÃritu, porque viendo Dios esta forma tan pura y radiante, se digna dejar descender hasta ella, cuando yo le invoco en nombre de los elementos que ha creado, su santo espÃritu, que de ordinario se mece sobre seres vulgares y sórdidos, por no hallar en ellos un sitio sin mancha donde poder posarse. Lorenza: tú, virgen, eres la inspirada de Dios; mujer, no serÃas más que materia.
—¿Y no prefieres mi amor —preguntó la joven torciendo convulsivamente sus hermosas manos—, y no prefieres mi amor a esos ensueños que ambicionas, y a esas quimeras que crea tu imaginación? ¿Y me condenas a la castidad de las religiosas, con la tentación del ardor inevitable de tu presencia? ¡Ah! José, José, cometes un crimen.
—No blasfemes, Lorenza mÃa —replicó Balsamo—, yo sufro como tú. Lee en mi corazón, te lo ordeno y después di que no te amo.
—¿Pues por qué te resistes a ti mismo?
—Porque deseo elevarte conmigo sobre el trono del mundo.