JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Lorenza, Lorenza, porque no quiero llegar a serlo, os privo en parte de vuestra libertad. ¿Si pudieseis salir y entrar cuando quisieseis, quién sabe lo que harÃais en uno de vuestros momentos de locura?
—¡Lo que harÃa! ¡Oh!, que me vea algún dÃa libre y veréis.
—¡Ah! Lorenza, muy mal tratáis al esposo que habéis elegido ante Dios.
—¡Que yo os he elegido!, jamás.
—No obstante sois mi esposa.
—Eso es una maquinación infernal.
—¡Pobre loca! —dijo Balsamo con una mirada de compasión.
—¡Ah…!, soy romana —murmuró la joven—, y dÃa llegará en que consiga vengarme.
—¿Es verdad que decÃs eso para asustarme? —preguntó el conde moviendo dulcemente la cabeza.
—No, no, lo haré como lo digo.
—Mujer cristiana, ¿qué decÃs? —exclamó Balsamo con tono de imperiosa autoridad—. Conque, según eso, vuestra religión, que manda se vuelva el bien por el mal, no es más que una hipocresÃa, puesto que al mismo tiempo que afectáis cumplirla, volvéis el mal por el bien.
Estuvo Lorenza durante algunos instantes como sorprendida de la fuerza de estas palabras.