JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh! —dijo al fin—, no es una venganza, sino una obligación, denunciar a la sociedad sus enemigos.
—Si me delatáis por nigromántico, por hechicero, no es a la sociedad a quien ofendo, sino a Dios a quien desafÃo; y entonces, Dios, que puede con una sola señal confundirme, ¿por qué no se toma el trabajo de castigarme, y deja este cuidado a los hombres débiles, y sujetos al error como yo?
—Porque olvida y tolera —murmuró la joven—, aguardando que os convirtáis.
—Y, sin embargo —añadió Balsamo sonriéndose—, os aconseja que vendáis a vuestro amigo, a vuestro bienhechor, a vuestro esposo.
—¡Mi esposo! A Dios gracias nunca vuestra mano ha tocado la mÃa sin avergonzarme o estremecerme.
—Y ya sabéis que siempre he procurado generosamente evitaros ese contacto.
—Es cierto: sois casto, y esta es la única compensación concedida a mis desgracias. ¡Oh!, ¡si me viera obligada a soportar vuestro amor!
—¡Oh!, ¡misterio, misterio impenetrable! —exclamó el conde, que parecÃa seguir su pensamiento más bien que responder a Lorenza.
Concluyamos —interrumpió esta—: ¿Por qué me priváis de libertad?