La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Una vez solos, el presidente y los seis enmascarados cruzaron algunas palabras en voz baja, y después Cagliostro gritó:
—¡Qué se introduzca a todo el mundo; estoy dispuesto a rendir cuentas!
En el mismo instante la puerta se abrió, y los individuos de la asociación, que se paseaban de dos en dos en la cripta o hablaban en grupos, fueron introducidos, quedando así de nuevo llena la sala de sesiones.
Apenas se hubo cerrado la puerta detrás del último afiliado, Cagliostro, extendiendo la mano como hombre que conoce el valor del tiempo y no quiere perder un segundo, dijo en voz alta:
—Hermanos, algunos de vosotros se hallaban tal vez en una reunión que se celebró, veinte años hace, a cinco millas de las orillas del Rhin y a dos del pueblo de Danenfels, en una de las grutas del monte Trueno; si algunos de vosotros asistíais, que levanten la mano esos venerables auxiliares de la gran causa que hemos abrazado, y que digan: «Yo estaba».
Cinco a seis manos se elevaron entre la multitud, agitándose sobre las cabezas.
Al mismo tiempo cinco o seis voces repitieron, como lo había solicitado el presidente:
—¡Yo estaba!