La Condesa de Charny

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—Bien, esto es todo cuanto se necesita —dijo el orador— los demás han muerto o se hallan dispersos en la superficie del globo y trabajan en la obra común, obra santa, puesto que es la de la humanidad entera. Veinte años hace que esta obra, que vamos a continuar en sus diversos períodos, apenas se había comenzado; entonces el día que nos ilumina se hallaba poco más que en su oriente, y las más seguras miradas no veían el porvenir sino a través de la nube que solamente los ojos de los elegidos pueden penetrar. En aquella reunión expliqué por qué milagro la muerte, que no es otra cosa para el hombre sino el olvido de los tiempos y de los acontecimientos pasados, no existía para mí, o más bien, hacía veinte siglos que me había echado treinta y dos veces en la tumba, sin que los diferentes cuerpos herederos efímeros de mi alma inmortal hubieran sufrido este olvido que, como ya os he dicho, es la única muerte verdadera. Por lo tanto, he podido seguir, a través de los siglos, el desarrollo de la palabra de Jesucristo, ver los pueblos pasar, poco a poco, pero con seguridad, desde la esclavitud a la servidumbre, y desde esta a ese estado de aspiración que precede a la libertad. Así como las estrellas de la noche, que se apresuran, y que antes de ponerse el sol brillan ya en el cielo, hemos visto sucesivamente varios reducidos pueblos de nuestra Europa ensayar la libertad: Roma, Venecia, Florencia, Suiza, Génova, Pisa, Luca y Arezza, estas ciudades del Mediodía, donde las flores se abren más pronto y donde los frutos maduran antes, hicieron unas después de otras ensayos de repúblicas, dos o tres de las cuales sobrevivieron en su tiempo y arrastran aún hoy la alianza de los reyes; pero todas esas repúblicas estaban y están todavía manchadas por el pecado original; las unas son aristocráticas, las otras oligárquicas, y las demás despóticas. Génova, por ejemplo, una de las que sobreviven, es marquesa, y los simples ciudadanos son todos nobles allí hasta más allá de sus murallas. Solamente Suiza tiene algunas instituciones democráticas; pero sus imperceptibles cantones, perdidos en medio de sus montañas, no son ningún ejemplo ni prestan socorro alguno al género humano. ¡No era eso, de consiguiente, lo que nos hacía falta; necesitábamos un gran país que no recibiese el impulso, pero que le diera; un sistema de ruedas inmenso en el que engranase la Europa, un planeta que al inflamarse pudiera iluminar el mundo!…


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