La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Interrogué a Dios, creador de toda cosa y de todo movimiento, para conocer el origen del progreso, y vi que me señalaba la Francia. En efecto, Francia católica desde el siglo II, nacional desde el siglo XI, y unitaria desde el siglo XVI, Francia, que el Señor mismo tituló su hija primogénita —sin duda para tener el derecho, en las horas de los grandes acontecimientos, para ponerla en la cruz de la humanidad, como hizo con Jesús—, Francia, después de haber usado todas las formas de gobierno monárquico, feudalismo, señorío y aristocracia, Francia nos pareció la más apta para sufrir nuestra influencia, y nos decidimos, guiados por el rayo celeste, como los israelitas por la columna de fuego, nos decidimos a que Francia fuera la primera nación libre. Ved lo que era este país veinte años hace y observaréis que había en él mucha audacia, o, más bien, una fe sublime para emprender semejante obra. La Francia de hace veinte años estaba aún entre las manos débiles de Luis XV, mientras que en la de Luis XIV, ese gran reino aristocrático, todos los derechos eran de los nobles y todos los privilegios de los ricos. A la cabeza de ese Estado hallábase un hombre que representaba a la vez lo que hay de más alto y de más bajo, de más grande y de más pequeño: Dios y el pueblo; con una sola palabra podía haceros rico o pobre, feliz o desgraciado, libre o cautivo y dejaros vivir o daros muerte; aquel hombre tenía tres nietos, tres jóvenes príncipes, y estos debían sucederle. La casualidad quiso que aquel que estaba designado por la naturaleza para sucederle fuese también el que deseaba la opinión pública; decíase que era bueno, justo, íntegro, desinteresado e instruido, casi filósofo. A fin de concluir para siempre con las desastrosas guerras encendidas en Europa por la fatal sucesión de Carlos II, se acababa de elegir para él, como esposa, a la hija de María Teresa; de este modo, las dos grandes naciones que son el verdadero contrapeso de Europa, Francia a orillas del océano Atlántico, y Austria a orillas del mar Negro, iban a quedar indisolublemente unidas, y esto se había calculado por María Teresa, la primera cabeza política de Europa. Aquel momento cuando Francia, con el apoyo de Austria, de Italia y de España, iba a entrar en un reinado nuevo y apetecido, fue el que nosotros elegimos, no para hacer de Francia el primero de los reinos, sino de los franceses el primero de los pueblos; pero se preguntó quién se atrevería a penetrar en aquel antro del león, qué Teseo cristiano, guiado por la luz de la fe, recorrería en inmenso laberinto, arrostrando el minotauro. Entonces contesté: «¡Yo!». Y como algunos hombres ardientes, algunos caracteres inquietos preguntaran cuánto tiempo necesitaría para realizar la primera parte de mi obra, que yo acababa de dividir en tres períodos, pedí veinte años. Algunos protestaron; pero comprendedlo bien: los hombres eran esclavos o siervos desde hacía veinte siglos, y pareció mucho que yo pidiera veinte años para que los hombres fueran libres.