La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Estas palabras de Cagliostro fueron seguidas de una ruidosa aprobación; pero en medio de los gritos y de los bravos que caían sobre el entusiasmo general como esas gotas de agua heladas que desde la bóveda de una roca húmeda caen sobre una frente bañada en sudor, oyéronse otras pronunciadas con tono acre y mordaz:
—Sí, juremos; pero antes explícanos cómo comprendes esas tres palabras, a fin de que nosotros, tus simples apóstoles, podamos explicarlas después.
Una penetrante mirada de Cagliostro examinó la multitud, y como el rayo de un espejo fue a iluminar el pálido rostro del diputado por Arras.
—¡Sea! —contestó—. ¡Escucha, Maximiliano!
Y alzando a la vez la mano y la voz para dirigirse a la multitud, dijo:
—¡Escuchad todos vosotros!