La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Pues entonces —dijo Cagliostro—, lo que se ha de comenzar es el segundo perÃodo revolucionario de la gran obra democrática. Vuestros ojos, como los mÃos, ven con alegrÃa que la federación de 1790 no es un objeto, sino un acto, sea; después, de este y de haber descansado, la corte ha proseguido su obra de contrarrevolución, y nosotros debemos continuar nuestra marcha. Sin duda que para los corazones tÃmidos habrá muchas horas de inquietud y desfallecimiento; con frecuencia el rayo de luz que nos ilumina parecerá extinguirse, y se creerá que la mano que nos guÃa nos abandona. Más de una vez, durante este largo perÃodo que nos falta recorrer, se pensará que la partida se ha comprometido, o que se pierde por algún accidente imprevisto, y parecerá que todo está contra nosotros. Las circunstancias desfavorables, el triunfo de nuestros enemigos, la ingratitud de nuestros conciudadanos, son cosas que inducirán a muchos de los más concienzudos tal vez a preguntarse si han tomado mal camino después de tantas fatigas y de tanta impotencia aparente. ¡No, hermanos, no! Os lo digo ahora, y que mis palabras resuenen a vuestro oÃdo eternamente; en la victoria, como en la derrota, los pueblos conductores tienen su misión santa, la cual deben llevar a cabo providencial o fatalmente; el Señor que los guÃa tiene sus miras misteriosas, las que no revelan a nuestros ojos sino en el esplendor de su realización; con frecuencia una nube le oculta a nuestras miradas, y se cree que no existe; y a menudo una idea retrocede pareciendo que emprende la retirada cuando, por el contrario, asà como esos antiguos caballeros de los torneos de la Edad Media, toma campo para enristrar de nuevo su lanza y precipitarse otra vez contra sus adversarios más ardientes que nunca. ¡Hermanos, hermanos! El objeto que nos proponemos y a que nos dirigimos es el faro encendido en la alta montaña; durante el camino, veinte veces los accidentes del terreno nos le harán perder de vista y se creerá que está apagado; entonces los débiles murmuran, se quejan y detiénense, diciendo: «No tenemos ya nada que nos guÃe; andamos a oscuras, y más vale permanecer donde estamos que no perdernos». Pero los fuertes continúan risueños y confiados su camino, y muy pronto el faro reaparece para desaparecer de nuevo y dejarse ver otra vez, pero siempre más visible y más brillante, porque está más próximo. Asà es como, luchando, perseverando, y sobre todo creyendo, los elegidos llegarán al pie del faro salvador, cuya luz debe iluminar algún dÃa, no solamente a Francia, sino también a todos los pueblos. Juremos, pues, hermanos, juremos por nosotros y por nuestros descendientes, pues a veces la idea o el principio eterno necesitan para su servicio varias generaciones; juremos por nosotros y nuestros descendientes; no nos detengamos hasta que hayamos establecido en toda la tierra esa divisa de Jesucristo, de la que ya hemos conquistado casi la primera parte: ¡Libertad, igualdad, fraternidad!